La gestualidad del tzictli

Existen muchas descripciones sobre las cualidades y actitudes que tenían las prostitutas dentro de la cultura Nahua. Se decía que estas mujeres disidentes hacia los ideales establecidos de comportamiento femenino, eran vanidosas, alegres y que se ataviaban y adornaban excesivamente, que portaban el cabello suelto, se sahumaban con hierbas olorosas y mascaban tzictli[1], para llamar la atención de sus posibles clientes, a quienes trataban de provocar con sus expresiones faciales y corporales. Se les concebía como altivas y desvergonzadas, contrario a lo que se esperaba de la mujer sumisa tradicional.

Estas fotografías retoman el gesto de mascar chicle como una forma simbólica de la disidencia y empoderamiento de la mujer, al ser una práctica provocadora desde la antigüedad. La goma de mascar es un elemento que trasciende la frontera del tiempo, es una herencia cultural de los pueblos originarios hacia la modernidad globalizada. Por otro lado, las imágenes están situadas en espacios emblemáticos del centro histórico de la Ciudad de México, entre los cruces de las calles Pino Suárez y República del Salvador, lugar donde fue el primer encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma Xocoyotzin; y donde también se encuentra uno de los símbolos del sincretismo entre la cultura indígena y europea, la cabeza de serpiente prehispánica que figura como piedra angular del Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya.

[1] Chicle, en idioma náhuatl. Es un polímero gomoso que se obtiene de la salvia del árbol conocido como chicozapote en México.

Roles de género y sexualidad en México

Del patriarcado de baja intensidad a la masculinidad colonizada

Viviana Martínez, julio de 2021.

A propósito de las cosas que han cambiado o persistido en México, antes y después del proceso de conquista, me interesa hacer una breve reflexión sobre la visión de la sexualidad y los roles de género que se mantienen en la actualidad. Desde diferentes trincheras, las mujeres nos hemos organizado para exigir mejores condiciones de vida para nosotras frente a los estigmas que se han impuesto sobre nuestras formas de comportamiento, estilo de vida y las funciones que articulamos en la sociedad. Esta lucha ha tenido diferentes momentos significativos a lo largo de varios siglos, para liberar a las mujeres de los prejuicios impuestos por el pensamiento positivista de la cultura occidental y la dominación histórica ejercida por el patriarcado en sus múltiples manifestaciones.

Fue en el contexto de la tercera ola del feminismo, en la década de 1970, que la perspectiva de género y el interés por la sexualidad impactó a otras disciplinas, como sucedió con la arqueología y la antropología.[1] Según José Gamboa, los prejuicios morales presentes en la cultura, han impedido a los arqueólogos acercarse a abordar de manera específica la sexualidad en el análisis de las culturas antiguas, situación que poco a poco ha logrado cambiar debido a la inclusión de las teorías feministas y queer en los espacios académicos.[2] Esta apertura a mirar los distintos fenómenos humanos bajo estas lupas que cuestionan y desafían las nociones relacionadas con el género y la sexualidad que han sido tradicionalmente aceptadas como adecuadas, también han posibilitado una necesaria crítica al carácter heteronormativo que prevalece en las diversas disciplinas de las ciencias sociales.

Los estudios sobre la sexualidad en el México antiguo se han desarrollado a partir de la investigación de diferentes fuentes históricas, tanto a partir de documentos de origen prehispánico o realizados en la época de la colonia (como el caso del códice florentino),[3] así como el análisis arqueológico de los diferentes elementos culturales de las distintas civilizaciones, tanto pictóricas como escultóricas y arquitectónicas, ya que son imágenes simbólicas pertenecientes al orden del lenguaje y las representaciones que funcionan como una evidencia que connota los diferentes imaginarios que regían en determinadas culturas del pasado.[4] También las herramientas etnográficas como trabajo de campo que incluyen observaciones y entrevistas para acercarse a descubrir los rastros que quedan de las culturas antiguas en comunidades indígenas actuales, han sido una herramienta que ha ayudado a complementar esta visión sobre la sexualidad mesoamericana.

Según Rita Segato, el patriarcado, entendido como una relación de género basada en la desigualdad, es la estructura política más arcaica y permanente de la humanidad. Es una estructura “que moldea la relación entre posiciones en toda configuración de diferencial de prestigio y de poder”.[5] Esta construcción de jerarquía que favorece a los sujetos masculinos por encima de las mujeres constituye para Segato un “patriarcado de baja intensidad”, que se va reforzando y agravando con el proceso de conquista y colonización que permea a las sociedades modernas. Esta exacerbación del patriarcado impuso también un proceso de opresión y colonización de los cuerpos y las mentes. Según dicha teoría, el proceso de conquista fue posible gracias a la preexistencia de ese patriarcado de baja intensidad, ya que “torna a los hombres dóciles al mandato de masculinidad y, por lo tanto, vulnerables a la ejemplaridad de la masculinidad victoriosa”[6], en un entorno donde el ideal masculino se definió por las cualidades bélicas de los hombres, los sujetos fueron sometidos ante un proceso de dominación y racialización por parte del conquistador eurodescendiente blanco, lo que generó nuevos mandatos de masculinidad que fueron replicados tanto por los indígenas como por los mestizos, que también se apropiaron de los cuerpos y la vida de las mujeres como una forma de conquista ante un panorama de despojo y precarización generalizado.

A diferencia de la moral construida a partir de los preceptos judeocristianos que se conocieron en América a partir de los procesos de conquista y colonización, para las culturas mesoamericanas la sexualidad era abordada sin prejuicios, aunque las conductas sexuales aceptadas socialmente tenían una fundamentación en su visión cosmogónica, en la que estaba muy presente la religión y la superstición, pero también tenía una serie de reglamentaciones jurídicas con un impacto directo en el entorno social. Para los habitantes del México Antiguo, la transgresión de las normas sociales y sexuales rompían el orden y generaban caos, los comportamientos disidentes no se combatían por considerar a la sexualidad como una actividad vergonzosa, sino para evitar los excesos y mantener un equilibrio cósmico y social.[7] La visión dualista del pensamiento cosmogónico mesoamericano entendía la relación entre entidades femeninas y masculinas que portaban diferentes fuerzas complementarias, una energía recíproca entre el orden y el caos, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.[8] Esta visión comprende diferentes aspectos de la vida humana, incluida la sexualidad.

Debido a la relevancia cultural, política y militar de la cultura nahua, y al ser el punto de encuentro y confrontación que fue determinante para el proceso de conquista de este territorio, es sobre esta civilización que se cuenta con más datos históricos, documentales y arqueológicos. La familia nahua se basaba en relaciones estables donde el matrimonio era una institución de cohesión al interior de la propia sociedad, por lo que desde entonces, las aventuras sexuales fuera del matrimonio no eran permitidas, así que el adulterio se castigaba severamente, aunque también estaba permitido el divorcio.[9] Por otro lado, el sexo premarital era permitido y era muy común la práctica del concubinato, tanto en el caso de hombres solteros como casados y especialmente para las clases nobles, aunque era ilícito.

López y Echeverría señalan que las transgresiones para los antiguos nahuas son “actos voluntarios e involuntarios que rompían el orden y producían caos por lo que el transgresor debía reparar el equilibrio perdido.”[10] Por lo que además de haber una sanción social hacia prácticas como la prostitución, la homosexualidad y el adulterio había también ejecuciones que se efectuaban desde el ámbito de la legalidad, lo cual constituía diferentes formas de muerte dependiendo del agravio cometido. Dentro de la visión mexica, la figura de Tlazoltéotl constituía la diosa y arquetipo de las transgresiones, la inmundicia, la sexualidad, la fertilidad y las fases lunares. Según José Antonio Flores Farfán y Jan G.R. Elferink la religión nahua se relacionaba con diferentes aspectos prácticos de la vida cotidiana, lo que repercutía en lo llamaríamos actualmente como karma[11] en el que había una especie de impartición del orden y el equilibrio por parte de los dioses, ya que las fuerzas creadoras del orden y las fuerzas destructivas que generaban caos, crean un dinamismo en el universo.

Las prostitutas y todos aquellos que cometían pecados de la carne la veneraban de manera especial porque la diosa tenía el poder de perdonarlos si se confesaban con los sacerdotes. Si no confesaban estos pecados, la diosa los castigaba con enfermedades en los órganos sexuales.[12]

Ante algunas transgresiones disidentes del orden y la ley, la muerte era una forma de resarcir el daño causado, ya que el caos y el desorden provocado podía influir en los órdenes individuales, sociales y cósmicos. En ese sentido, infringir un castigo público, hacia los infractores de las leyes, era una oportunidad para resarcir el orden y generar una forma de escarmiento a la población en general, sobre las consecuencias de infringir las normas. Así mismo, las festividades, los ayunos, confesiones y otros castigos ayudaban a reparar el equilibrio perdido.[13]

Según las investigaciones de López y Echeverría sobre las transgresiones sexuales en el México Antiguo,  entre diferentes grupos mesoamericanos esas transgresiones en particular “constituyeron una resistencia frente al control ejercido por el Estado sobre la sexualidad y el cuerpo”[14] y aunque en el ámbito de lo religioso algunas transgresiones podrían implementarse desde la perspectiva ritual con la presencia de prostitutas, homosexuales y travestis, existen múltiples evidencias de las sentencias que se aplicaban para los diferentes tipos de disidencias como adulterio, prostitución y homosexualidad.[15] Cabe señalar que la transgresión de la infidelidad era considerada en particular para las mujeres casadas que tenían relaciones fuera del matrimonio, pero para los hombres se consideraba una falta sólo si lo hacían con la esposa de otro. Tanto en este caso como en otros ejemplos podemos ver las consecuencias del “patriarcado de baja intensidad” mencionado por Serrato, ya que eran notorias las nociones de desigualdad en los ámbitos sociales, políticos y religiosos de la sociedad mexica, en los que la mujer siempre estaba en una posición de inferioridad jerárquica.

Algunos ejemplos de las sanciones aplicadas por el Estado mexica, mencionados por Miriam López son los siguientes: para los adúlteros que fueron aprehendidos in fraganti, se les lapidaba públicamente en los tianguis o se les apaleaba, a los adúlteros confesos o por medio de testimonios de testigos sobre la transgresión, se les podía lapidar o quebrar la cabeza con losas o ahorcar; en todos los casos los cuerpos eran lanzados a ríos o barrancos, a menos que se tratara de un guerrero o un noble, en el primer caso se le podría castigar con el destierro, para los pipiltin, que constituían la clase noble de la sociedad mexica, se podía considerar en algunos casos el ahorcamiento en privado y la cremación de los cuerpos. Para el grupo de los macehualtin, que conformaría lo que concebimos desde la perspectiva occidental como la clase burguesa, ya que estaba por encima de los esclavos pero debajo de la jerarquía de la nobleza. También había ciertas consecuencias si se interfería con la instauración del orden, por medio de diferentes tipos de castigo, por ejemplo si el marido mataba a la esposa adúltera por su propia mano o si la perdonaba, también era condenado a muerte por usurpar las funciones del Estado para la impartición de justicia, así mismo, había consecuencias si la perdonaba. Si los adúlteros mataban al esposo burlado, la mujer podía ser estrangulada y el varón asado vivo, acto durante el cual se le arrojaba agua con sal para incrementar el dolor, como una especie de tortura o suplicio.[16]

Respecto a la homosexualidad, en la cultura nahua había una discriminación a la práctica en sí misma debido a una alta valoración de la masculinidad arquetípica del guerrero, en el que cualquier forma de feminización de los varones era repudiada y menospreciada, incluso como acuerdo social se les recomendaba a los hombres no tener contacto con elementos propios de las actividades femeninas, como las herramientas de cocina, para no contaminarse de energía femenina. Se reconocía a la masculinidad como un signo activo y de dominación, contrario a las fuerzas femeninas relacionadas con la pasividad y la sumisión.[17] Por ello, también se hacía una distinción entre las practicas de la homosexualidad pasivas y activas,  es decir, que el hombre al ser penetrado por otro hombre violaba su propio rol de hombre y se feminizaba, mientras que el que lo penetraba, si bien también infringía las normas, no traicionaba su rol genérico masculino, por lo que al primero, el pasivo, se le sacaban las entrañas para posteriormente cubrírsele con cenizas y ser incinerado, mientras que al activo sólo lo enterraban con cenizas.

En el caso de la prostitución, esta labor tenía una concepción ambivalente ya que, como he mencionado antes, había una tolerancia hacia esta práctica en el ámbito de lo social, aunque, no por ello estaba exenta de repudio. Por otra parte, existía la figura de las prostitutas sagradas que participaban en rituales religiosos y las que acompañaban a los soldados hasta los campos de batalla.[18] Existen muchas descripciones de las cualidades visuales y las actitudes de las prostitutas, tanto en imágenes como en documentos. Se decía que estas mujeres eran vanidosas, alegres y que se ataviaban y adornaban excesivamente, que portaban el cabello suelto, se sahumaban con hierbas olorosas y mascaban chicle para llamar la atención de sus posibles clientes, tratando de provocarlos con sus expresiones faciales y corporales. Se les concebía como altivas y desvergonzadas, contrario a lo que se esperaba de la mujer sumisa tradicional.

Si bien, podemos pensar que las actitudes machistas y patriarcales que impregnan los diferentes aspectos de convivencia en nuestra sociedad actual son una herencia colonial. Como hemos visto, las estrategias de disciplinamiento de los cuerpo, impuestos por la religión y el estado prehispánicos tomaron diferentes matices con el proceso de colonización e implementación de una moral cristiana conservadora, que aunque aprovechó las estructuras sociales y políticas que existían previo a la llegada de los españoles, tuvo sus formas particulares de implementación de sanciones por medio de la tortura y el escarmiento público, por medio de la relación entre la Iglesia y el Estado, así como instancias punitivas como la Santa Inquisición. Estas estructuras tan arraigadas en ambas culturas nos dan una muestra de cómo, tanto en las sociedades indígenas actuales, que de diferentes maneras han sido influidas por diferentes procesos de colonización espiritual, como en las sociedades urbanas herederas de la cultura criolla, es necesario hacer una revalorización de los roles de género, identidades y preferencias sexuales, ya que las luchas tanto de los movimientos feministas como queer, se enfrentan con los paradigmas patriarcales que han habitado estos territorios desde tiempos ancestrales.

Bibliografía:

Género y sexualidad en el México Prehispánico. CEP Videos. Consultado el 25 de junio de 2021, https://www.youtube.com/watch?v=7oAdMdhO46U

Género y sexualidad en el México Prehispánico. Sexualidades transgresoras entre los antiguos nahuas. CEP Videos. Consultado el 25 de junio de 2021, https://www.youtube.com/watch?v=7AD4kaKt07U

Flores Farfán, José Antonio y Elferink, Jan G.R. 2001. “La prostitución entre los nahuas” Estudios de la cultura Náhuatl. UNAM, Instituto de Investigaciones históricas. México, D.F.

López Austin, Alfredo. 2010. “La sexualidad en la tradición mesoamericana” Revista de Arqueología Mexicana La Sexualidad en Mesoamérica. Volumen XVIII. Número 104. México, D.F.

López, Miriam; Echeverría Jaime. 2010. “Transgresiones sexuales en el México Antiguo.” Revista de Arqueología Mexicana La Sexualidad en Mesoamérica. Volumen XVIII. Número 104. México, D.F.

Segato, Rita Laura. 2016. La guerra contra las mujeres. España: Traficantes de sueños.

[1] José Gamboa, “Género y sexualidad en el México Prehispánico”, CEP Videos. Consultado el 25 de junio de 2021, https://www.youtube.com/watch?v=7oAdMdhO46U

[2] ibid.

[3] Una enciclopedia sobre la gente y la cultura del centro de México compilada por fray Bernardino de Sahagún en el siglo XVI.

[4] Miriam López, “Género y sexualidad en el México Prehispánico. Sexualidades transgresoras entre los antiguos nahuas” CEP Videos. Consultado el 25 de junio de 2021, https://www.youtube.com/watch?v=7AD4kaKt07U

[5] Rita Laura Segato, La guerra contra las mujeres (España: Traficantes de sueños, 2016), p.18.

[6] ibid.

[7] Miriam López y Jaime Echeverría, “Transgresiones sexuales en el México Antiguo.” Revista de Arqueología Mexicana La Sexualidad en Mesoamérica. Volumen XVIII. Número 104. (2010)

[8] Alfredo López Austin, “La sexualidad en la tradición mesoamericana” Revista de Arqueología Mexicana. La Sexualidad en Mesoamérica. Volumen XVIII. Número 104. (2010)

[9] José Antonio Flores Farfán y Jan G.R. Elferink, “La prostitución entre los nahuas”. Estudios de la Cultura Nahuatl.  UNAM, Instituto de Investigaciones históricas. México, D.F. (2001)

[11] Una creencia central del hinduismo y el budismo que constituye una energía trascendente invisible e inmesurable que se genera a partir de los actos de las personas. Karma, Wikipedia, la enciclopedia libre https://es.m.wikipedia.org/wiki/Karma consultado el 28 de junio de 2021

[12] Flores Farfán y G.R. Elferink “La prostitución entre los nahuas”

[13] López y Echeverría. “Transgresiones sexuales en el México Antiguo.”

[14] ibid.

[15] López. “Sexualidades transgresoras entre los antiguos nahuas”

[16] ibid.

[17] ibid.

[18] José Antonio Flores Farfán y Jan G.R. Elferink “La prostitución entre los nahuas”

Viviana Martínez

Guadalajara, Jalisco. 1984. Actualmente radica en la Ciudad de México.

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Artista visual, curadora y gestora cultural. Es Maestra en Estudios Visuales por la Universidad Autónoma del Estado de México y Licenciada en Artes Visuales por la Universidad de Guadalajara. Cursó los diplomados en Fotografía en el Gimnasio de Arte y Motion Graphics en la FAD-UNAM. Cuenta con estudios en Historia del arte en la Universidad Autónoma de Madrid y Arte y Nuevos Medios en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, en Bogotá, Colombia. De 2014 a 2019 fue coordinadora de comunicación y curadora en el Museo de la Ciudad de México. Actualmente cursa el Doctorado en Artes y Diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México.

A día de hoy desarrolla una investigación plástica, performática y teórica en torno al concepto de “estética insurrecta”. En ese sentido, su obra reflexiona sobre la influencia del anarquismo en el feminismo contemporáneo a partir de la representación simbólica, estética e ideológica como una forma de insurrección social en las protestas sociales que suceden en distintos espacios de México y Latinoamérica. 

Ha exhibido su obra de manera individual en espacios como Ex Convento del Carmen, Galería Apollinaire, Galería Ajolote y Museo López Portillo en Guadalajara, Jalisco y en la galería Clínica Regina en la Ciudad de México. Ha participado en numerosas exhibiciones colectivas en espacios nacionales e internacionales como V Bienal Internacional de arte desde aquí 2020, Bucaramanga, Colombia; Galería Bango, Oviedo, España; Museo La Ene, Buenos Aires, Argentina; Fashion & Textile Museum, Londres, Inglaterra; Museo de la Ciudad de México, Museo Memoria y Tolerancia, Galería Pablo Goebel así como en los espacios Biquini Wax, Los 14, La Quiñonera, Galería Ladrón y Galería Unión en la Ciudad de México; Ex Convento del Carmen, Galería Apollinaire, Laboratorio de arte Jorge Martínez en Guadalajara; Refugio para Emergencias Visuales en Toluca, Edo. De México y Museo Casa Diego Rivera, en Guanajuato. Ha participado en acciones performáticas colectivas en el Museo Universitario del Chopo, Memorial Circular de Morelia, Centro Cultural El Rule, Instituto Mexicano para la Justicia, Galería Unión y Biquini Wax.